domingo, 17 de marzo de 2019

Llorar en febrero


Lento. A veces —muchas veces— camino lento. Sigo pensando que es un defecto que perfeccioné con la edad, pasar los treintas, decir tengo más de treinta, es que cuando tengás más de treinta. Excusarme, si se puede, en la idea de que a los treintas es cuando comenzás a bajar, a subir la panza, a caminar lento.

En abril cumpliré los treinta y cinco, y esto, lejos de cualquier celebración hedonista, es más un recordatorio: andate con cuidado, andate despacito, andate lento. Lo digo, me lo digo, porque cuando se piensa la vejez propia, y aunque los amigos intenten decirte que para eso aún falta, uno se pone reflexivo. O más bien uno se hace un hombre lleno de nostalgias. Llorar, sí, uno se valida hasta para llorar en público. Antes de los treinta, llorar en público era imposible.

La última vez que lloré en público fue durante el entierro de Josué. Mi primo, el hijo de la tía Suyapa, uno de mis hermanos más queridos, quiero decir. Con Josué incluso llegamos a compartir cama, una cama plegable, ya saben, de ésas que doblás a la mitad durante el día. No había más, era lo que teníamos para dormir.

Murió —lo asesinaron— en febrero. Nació en febrero. La vida suele ser un ciclo invisible.

Mi familia se ha reunido entera en los últimos dos entierros. Ellos, parece, entienden a ritmo lento la vida.

 La vida es de ciclos: lloramos —lloro, quiero decir— en febrero.

jueves, 31 de enero de 2019

Arriba en la montaña


–No sé leer, no me gustaba mucho la escuela, siento que perdía el tiempo.
–Y no te gustaría al menos, no sé, leer.
–Sí.

José no vive en el valle, vive arriba, en la montaña, pero todo lo que pasa en el valle afecta la vida de las personas en la montaña. Antes –dicen quienes viven en la montaña– la montaña le pertenecía a Los Cachiros. Hoy no se sabe. A las hidroeléctricas, a la palma aceitera, a los políticos, a cualquiera menos a los habitantes de las comunidades en la montaña. La montaña es el Parque Nacional Carlos Escaleras.

Las personas que viven aquí protegen al Río San Pedro de una hidroeléctrica. Campesinos, campesinas, anónimos todos porque temen la represión estatal. José, de 15 años, fuma su cigarrillo en la parte de atrás del pick-up en el que vamos cuesta abajo, y me cuenta que le gusta la música, de todo dice, la música de banda, el rock dice, pero que Bad Bunny es su cantante preferido. José, como muchos jóvenes en las montañas de Tocoa, tiene escasas oportunidades de educación, pero si algo saben estos jóvenes es que proteger el agua es importante.

Del Río San Pedro las comunidades se alimentan y beben, en el Río San Pedro las personas se bañan y conviven.

–Si contaminaran el río no podríamos pescar.
–¿Y vos pescás?
–Sí, pero no soy muy bueno.

Y se ríe viendo el río. Imaginando –quizá– los peces que jamás atrapará.

jueves, 20 de diciembre de 2018

palíndromo



este año –que se precipita con cierta tristeza hacia su final– he aprendido sólo una cosa: el deseo de querer ser un palíndromo.

un palíndromo tiene una elasticidad vertiginosa. un palíndromo es eterno. es el fuego de todo los fuegos. un palíndromo no se domestica. un palíndromo va a donde él quiera. se viste como quiere. toma el café de la mañana con entusiasmo de gladiador. un palíndromo no se le caga al éxito. un palíndromo se ríe de sí. se esfuma de las lecturas de poesía. le vale madres los poetas. un palíndromo duerme las seis horas que recomienda playground. un palíndromo es el bajista rockstar que jamás tuvieron los beatles porque prefirieron a mccartney –cosas de la amistad, ustedes entenderán–. un palíndromo vomita con furia de animal ancestral las resacas aunque tenga más de treinta. un palíndromo no sabe si viene o va. un palíndromo coge con la hipérbole. un palíndromo rompe la barrera del sonido cuando escucha a sting en walking on the moon. un palíndromo registra números positivos en su cuenta bancaria. un palíndromo es un insecto pequeño del bosque.

en fin, desear con el corazón apretado ser un palíndromo es mi deseo de año nuevo.

jueves, 8 de junio de 2017

La otra cancha, el otro partido

                                                                fifa.com



El único gol que he visto por un hondureño en un mundial de fútbol, lo anotó Costly, un gol bello, que yo podría enmarcar y decirle a la gente cuando me visite en casa –y muy orgulloso, claro– éste es uno de los mejores poemas jamás hechos en Honduras, superado sólo por aquel antológico de Pecho de Águila Zelaya, el mejor poeta hondureño.

En Guatemala jugábamos a la chamusca (esa versión guatemalteca de la siempre bella «potra» hondureña) con un grupo de inadaptados, poetas en su mayoría, y a mí siempre me ponían a jugar porque ser hondureño me cubría de una especie de manto goleador, de ese mismo del que parecen estar cubiertos los delanteros brasileños. Pero eso sólo era posible desde la miopía poética de mis amigos, que eran, al menos en eso, muy amorosos.

Con el tiempo, a la chamusca dejaron de llegar los poetas, porque eso siempre es así. Y el grupo comenzó a diversificarse, era más, un club de fans del fútbol, que un equipo de barrio, y a mí eso me parecía bello.

Alguien dijo, más de una vez, que ver jugar a Messi era como ver jugar a un niño. Esa inocencia que no debería perder nunca el fútbol es posible en las canchas de barrio. Aunque en algunos barrios hondureños se hayan convertido en el espacio de dealers y reclutadores para pandillas, y el narcomenudeo. Fuera de eso, aquello tan tierno cuyo origen está en la infancia, puede sobrevivir, apenas.

Cuando era niño, en mi barrio no había cancha, así que jugábamos en la calle, y descalzos. Aquello se convertía en el griterío más polvoriento jamás escuchado. Y esa magia, fue borrada por la atomización del pavimento sobre nuestra calle, y por la envestida final de las maras hacia finales de los años 90.

En los 90, vi maravillado el mundial del 94 y el del 98. En Estados Unidos, se selló el final de la carrera de Maradona, y llorábamos, aunque no sabíamos por qué, llorábamos por él. Era el gran tema de conversación en mi escuela. Hasta que Brasil derrotó en la tanda de los penales a aquella Italia memorable, pero a quien su número 10 no le ajustaban las fuerzas para encajar en la meta de Taffarel. Baggio corrió con la suerte que corren los grandes que han fracasado en esa misma instancia. Y jamás volvió a ser el mismo. En Francia, lo locales serían los más sorprendidos. Los galos levantaban una copa reservada sólo para quienes conocen el Olimpo. Y así, ellos pasaban a ese selecto grupo de semidioses. Los 90, en términos futbolísticos, fue una década interesante. Excepto por las transmisiones del fútbol italiano a las 6 de la mañana de cada domingo.

En mi barrio nos pintábamos con marcadores números en las camisetas. Y armábamos equipos imaginarios, que jugaban en una liga imaginaria. Era lo más parecido a tener un mundial en nuestra calle.

De adultos, la potra es algo muy cercano a recuperar la libertad salvaje de la infancia. El griterío vuelve, y aunque ya no juguemos descalzos, y hayamos sustituido la calle polvorienta por la cancha sintética, nuestro niño salta al partido, como si cada uno, fuera aquella final contra el Brasil de Taffarel y Rivaldo.

En 2014, Costly hacía posible aquella hipérbole del fútbol hondureño: el gol mundialista. Me quedé sin voz en la celebración. Costly sólo comprobaba que la leyenda urbana existía, era real, los hondureños eran capaces de anotar un gol en un mundial de fútbol, y hacerlo bien. Aunque en aquel partido, la selección ecuatoriana haría la remontada, condenando a la H a volver a casa, con la gloria de los vencidos, la de al menos haber anotado un gol.

El mundial de Brasil pasó entre chaomin, talleres de lectura para niños, y la chamusca de los sábados. La junta, la hacíamos en casa del Viejo Gruñón, apodo dado a don Edwin por su hijo, quien era el responsable de meternos a todos en su casa para ver el mundial. Xela, al menos durante ese breve periodo, no fue tan fría.

–Yo creo que los guatemaltecos jamás vamos a celebrar un gol en un mundial. –Me dijo más tarde un amigo periodista, que veía el partido conmigo, y que de alguna manera también era extranjero en Xela, porque él era de la Ciudad de Guatemala.

Don Edwin tenía voz de dragón, de locutor de radio AM, quiero decir. Era violentamente dulce, te puteaba y te daba un abrazo. Era el único del grupo, que realmente había jugado profesionalmente al fútbol, en los rojos, porque el Municipal fue el equipo de sus amores, aunque ya no hablaba mucho de su carrera futbolística. Él decía siempre que los jugadores actuales sólo se andaban con huecadas, es decir, que no jugaban como los de antes, algo muy parecido a lo que mi padre dice cuando afirma que los de la H del 82 sí eran hombres.

Don Edwin jamás nos fue a ver jugar la chamusca, que para qué iba a andar perdiendo su tiempo viendo jugar a pandos y duros. La jerga era lo suyo.

La única vez que me asaltaron en Xela, fue regresando de su casa, era el día de su cumpleaños. Y yo le dije que ir a su casa estaba asociado con las cosas menos probables. Que me asaltaran en Xela y el gol de Costly en el mundial de Brasil, por ejemplo. Él me miró como escrutando el vacío, ese día fumaba en silencio, porque el silencio era otro oficio que había aprendido con los años, y luego me dijo: «sólo huecadas decís, catracho de mierda». Sentenció la frase con una carcajada.

El viejo murió en 2015, y su muerte me llenó de mucha tristeza, pero recordar el hombre sin abismos que era en realidad, es hacerle el mejor homenaje que desde aquel gol que hicimos al conocernos, jamás pude. Porque el otro partido era platicar con él, era escuchar su escándalo amoroso, era reírnos, porque no sabíamos por cuánto más se contendría en volver a putear. Porque la otra cancha era volver a la infancia, en suma.

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lunes, 15 de mayo de 2017

La ciudad y su lluvia

«y cuando somos fuertes, 
nos devora el temor de seguir, 
cuando soy más débil...»

Ha comenzado a llover. La ciudad se moja, y nada queda ya de un calor de temporada que estuvo a punto de incendiar las camas en las que la gente que habita Tegucigalpa hace que descansa. Con la lluvia, vienen también las migraciones, pero también viene el recuerdo de cuando nada en ella me parecía hermoso. Sólo que era la culpable de las cosas malas, la tan llena de soledad.

Comencé la migración poco antes de los treinta, y la primera vez que vi la lluvia cubriendo a Tegucigalpa de un manto largo de húmeda transparencia, me hizo entender la belleza que habita en ella. Todo ruido posible desaparece. Toda angustia parece extinguirse. Es la lluvia en realidad la que reinvindica nuestra humanidad, y no nosotros mirándola con cierta envidia.

La lluvia en el norte hondureño es distinta, es una lluvia más pesada. Casi que no se puede vivir con ella. En Xela, la lluvia viene envuelta en un frío terrible, un frío que entra y se te clava en los huesos, y nada hace entrar en calor al corazón humano. En Tegucigalpa, más allá del colapso urbanístico, la lluvia tiene el encanto de las cosas inacabadas.

Las migraciones son la acumulación de las cosas inacabadas. Por ejemplo, alguien que migra porque necesita encontrar un mejor trabajo, aunque esto implique dejar atrás una vida en la que relativamente era feliz, y esa vida queda en suspenso, esperando su regreso, siendo inacabada. Cuando me he mudado de una ciudad a otra, de un país a otro, de una casa a otra, de un apartamento a otro, he dejado atrás esa vidas, han entrado en ese largo suspenso, quizá esperando mi retorno, quizá no sabiendo más de mí ni yo de ellas. Como la lluvia, que cada vez que cae es nueva, yo soy un hombre nuevo en un nuevo espacio por descubrir.

De mi vida inmediatamente anterior no es de lo que quiero hablar, ni siquiera de la nueva, que es este pequeño viaje en el que me acompañan mis gatos. Vamos sorteando un poco la suerte, yo más que ellos, y ellos siempre conmigo.

De lo que quiero hablar es que ahora veo a una ciudad nuevamente húmeda, con el sonido de la lluvia, ella también es otra como quizá yo lo soy. Una ciudad cada vez más sola.

Me pongo nuevamente la vieja escafandra imaginaria, y la recorro imaginariamente, porque de otra forma a veces me da miedo, a veces.

La ciudad es un viejo reloj, es un antiguo pensamiento.

La ciudad y su cúmulo de esqueletos hambrientos habita el imaginario de alguien que pretende ir un poco más allá, surcar las fronteras de lo incorrecto, y regresar ileso a la seguridad de su hogar, pero nada es tan cierto, que las heridas hechas en el corazón son aquellas a las que por extrañas razones nos vemos atraídos, de las que por extrañas razones se nos es imposible escapar.

La ciudad es un charco de luz que hacen las palabras que tecleo en mitad de la noche, por eso, el insomnio ha vuelto y tiene por rostro el mío, uno cansado, uno de hombre envejecido, con la nostalgia como bandera y no como pose de enfermo.

La ciudad se va nuevamente, envolviendo en aquello que fue, pero que ya no es más que un tierno recuerdo. La lluvia no cesa, porque la tregua es para los cobardes.

Vuelvo al blog, vuelvo a la digital anatomía de un hombre que he sido. No tengo manifiesto ni abismo. Continúo en el cigarro comprometido y en la vaga promesa del café que por la mañana reinvidicará mi humanidad, como la lluvia reinvindica a la ciudad y sus pequeñas cosas hermosas.

sábado, 29 de octubre de 2016

Juan Villoro: Balón Dividido


EL GOL QUE CAYÓ DOS VECES

La imaginación suele ser desafiada por goles fantasma. ¿Entró la pelota en la portería o botó en la línea para huir del arco? En casos de alta indefinición, nuestras preferencias resuelven lo que los ojos no pudieron ver.

El 18 de abril de 2007 Lionel Messi produjo una nueva clase de gol fantasmagórico: la copia de una anotación que parecía irrepetible. Veintiún años después de que Maradona burlara a media docena de ingleses en el Mundial de México, la Pulga repitió la proeza ante el Getafe. Ambas jugadas ocurrieron en la misma zona del campo, duraron once segundos y fueron ejecutadas por argentinos en estado de desmesura.

El gol de Messi permite pensar en el extraño arte del copista. El escritor argentino Juan Sasturain comparó al delantero con Pierre Menard, el personaje de Borges que dedicó su vida a calcar el Quijote palabra por palabra. Con desafiante ironía, Borges presenta a un tarado que sin embargo tiene un sesgo genial: hace una copia idéntica pero en una época diferente; por lo tanto, obliga a que «su» Quijote no sea leído como una obra renacentista sino contemporánea. El contexto define el sentido del arte. En el relato, Borges se burla de las exageradas interpretaciones de los críticos, pero también plantea la posibilidad de que alguien sea original como segundo autor de una obra. Tal fue el caso de Duchamp con la Mona Lisa de Leonardo. Un buen día le pintó bigotes para desacralizar la imagen clásica, luego le quitó los bigotes y el cuadro quedó como siempre, sólo que ahora se trataba de una Mona Lisa «afeitada».

El gol de Messi expresa de manera sencilla y contundente la capacidad creativa de un imitador; su jugada fue un prodigio que a nadie se le ocurrió considerar original. Al respecto escribe Sasturain: «En estos tiempos de fútbol mecanizado y jugadas preconcebidas con ejecutores obedientes, no es demasiado raro que se vean goles iguales a otros –hay infinidad de casos en que se repiten calcados circunstancias y desempeños–; lo extraordinario del caso es que, precisamente, lo que se veía mágicamente repetido era lo –por definición– irrepetible, lo excepcional: el mejor gol de la historia. El de Messi no era ni mejor ni peor: era, de un modo inquietante, igual. No hizo otro gol parecido ni lo copió ni lo imitó ni lo tradujo: simple, increíblemente, lo hizo otra vez». Al modo de Pierre Menard, Messi fue autor de una obra maestra que ya existía.

Hasta ese momento, el gol de Diego tenía una forma casi abusiva de ser el mejor de todos. El capitán argentino se singularizó de manera histórica en un Mundial, ante una escuadra de enorme jerarquía. Nunca antes ni después un jugador gravitó tanto en el ánimo de los suyos; en 1986 Maradona dejó la impresión de que bastaba darle la pelota para que hiciera campeón a su equipo. El Negro Enrique, que le cedió el balón en medio del campo, resumió la «diegodependencia» del equipo con picardía de barrio: «¿Viste que pase de gol te puse?». Aquella jugada de trámite en el centro de la cancha había sido, en efecto, un pase de gol para el desaforado 10 de Argentina.

Como el fútbol perfecciona mitologías, el tanto legítimo de Maradona fue acompañado del que anotó con el puño rebautizó como «la mano de Dios». Diego selló la historia del fútbol con la dualidad o duplicidad de su talento: en 1986, durante noventa minutos de verano, fue Jekyll y Hyde ante Inglaterra.

La versión de Messi de la jugada en que un exagerado marea a medio equipo, desconcierta como un milagro: el mejor gol son dos. Aunque el de Diego tiene mayor importancia por haber ocurrido en un Mundial, el de Messi reproduce el exceso instante a instante, sin adelgazarlo en lo más mínimo, cumpliendo con los requisitos del copista y del aparecido.

Como sugiere Jorge Valdano, lo asombroso no sólo fue la ávida reiteración de Messi, sino que el destino le propusiera idénticos obstáculos. Veintiún años después los defensas fracasaron en los mismos lugares de la cancha con pulcritud de seres hipnotizados en favor de una buena causa. Nadie frenó el portento de una artera zancadilla.

Lo extraordinario despierta suspicacias en un mundo imperfecto y no faltan quienes opinan que los goles de Maradona y Messi podrían haber sido evitados con el sencillo recurso de la fuerza bruta. Pero este argumento cojea como si lo hubieran pateado. La veloz carrera con el balón junto al pie, practicando quiebres de escapista, sólo se hubiera impedido con un desfiguro mayúsculo, un lance de lucha libre digno de rubor que se hubiera materializado en tarjeta roja.

Ante las gambetas en serie de Messi, los locutores dijeron: «Maradona». La imposible imitación había ocurrido.

La única diferencia significativa entre los dos goles es que Diego anotó de zurda y Lionel de derecha. El asombro de la jugada proviene de su condición de espejo. Durante once segundos, guiado por el impulso anotador, Leo no podía saber que imitaba el complicado tanto de Diego; actuaba con la espontaneidad de un doble: el otro era el mismo. Al disparar, anotó dos veces, en la cancha del Barcelona y en el recuerdo de los hinchas deslumbrados por el gol de Maradona.

1986, 2007. Ésas son las fechas. Lo raro, lo fascinante, es que ninguno de los dos goles desmerece en la comparación. El primero se refuerza como profecía del que vendría, el segundo como cita clásica.

En el mundo de la acción no existe el plagio ni el derecho de autor. El gol de Messi sólo puede ser virtuoso. Convirtió al fútbol en la incalculable actividad donde lo único ocurre dos veces.


[...]

miércoles, 2 de marzo de 2016

La puta diabla de Fito Páez


¿Cómo debe estar escrita una buena historia? No tengo idea. Sé, por ejemplo, que hay libros que me han gustado mucho, y otros que no. Algunos, de los que tengo la sensación de apenas haber pasado a saludar. Pero cómo debe estar escrita una historia para que sea buena no tengo idea.

Los escritores suelen meterse por caminos sinuosos siempre que tratan de explicar la fórmula de una buena historia. Siempre dando consejos de por ahí sí, por allá no, leé esto y sobre todo esto no. Y nunca se respira, nunca en realidad se detiene uno a verse al espejo y empezar por allí. Porque nuestra vida no nos parece lo suficientemente interesante para escribir sobre ella. Entonces no lo hacemos, entonces inventamos personajes y les inventamos vidas y les inventamos amigos y les inventamos lecturas. Leen libros que nosotros leemos. Porque no se puede escribir de otra cosa.

Y esas lecturas, al fin y al cabo, somos nosotros. No conozco Buenos Aires, jamás en mi vida he ido. Pero últimamente me pareció estar allí. Acabo de leer La puta diabla de Fito Páez. Libro difícil, imposible, de conseguir en Honduras pero que gracias al amigo de un amigo (Ezequiel) lo he conseguido, y sí, está allí no sólo para adornar mi librera, sino para ser leído. Un libro lleno de bondad para el lector posmoderno. No estoy diciendo que es una lectura fácil, no me mal interpreten, lo que quiero decir es que es un libro que se deja amar. Y te da amor. Es una sensación extraña. Pero sólo lo puedo explicar así: Durante un tiempo me parecía que alguien me perseguía, que alguien estaba espiándome, que se escondía detrás de los estantes en el súper mercado, que se sentaba dos butacas atrás de Jessica y de mí en el cine. Un día lo vi, gordo, de barba larga y sucia, la panza le salía por la camisa y un pantalón marcado a precisión por algún buen sastre, el  pelo alborotado, era Félix. Sí, era Félix Ure.

No, no estoy quedando loco, esa posibilidad ya la descarté. Acaso no es para eso esta bitácora incipiente sino para contarles de mis ficciones, con la incertidumbre de ustedes y la posibilidad de que éste también sea el último post.

Para contarles en concreto, la narrativa de Páez es cinematográfica. Cada palabra escrita es un cuadro por segundo. La puta diabla es una película que se lee de página a página. Con ritmo, posee una cadencia como de baile de salón, de esos en los que te balanceás de un lado a otro. Sí, de un lado a otro y de página en página. Una historia que no se cae nunca. Con la vertiginosidad de la ciudad. Como la vertiginosidad de la ciudad. Tegucigalpa o Buenos Aires, salvo las abismales diferencia culturales, son lo mismo, dragones que duermen y ante la mínima sugerencia de la más leve tentación te comerán.

El punto en todo esto es que La puta diabla está muy bien escrita. No deja deudas. Es un libro que te mantiene al hilo conforme se avanza en la lectura. Ahora tengo ganas de comprar una máquina de escribir, esto no tiene nada que ver con la novela, sólo me han dado deseos de tener una y escribir en ella de vez en cuando.

miércoles, 24 de febrero de 2016

En defensa de la integridad humana del oficio de escribir



En 2011 yo tenía 27 años y recién publicaba mi primer libro. Cuando me acerqué a la oficina del departamento de la carrera de letras en la universidad nacional en SPS para regalarle un ejemplar de Partiendo a la locura (Ñ Editores, 2011) a una persona a la que dentro de mi ingenuidad yo consideraba un amigo, él me dijo viendo la portada de mi libro y luego poniéndole sus manos encima: «bien, ya hiciste el primero, hacer otro es difícil», luego lo puso a un lado y siguió en lo suyo, que quizá sería revisar exámenes de estudiantes o pasar notas, o revisar el plan de estudios del periodo, qué sé yo, la vida de un maestro de literatura en Honduras puede resultar ser excitante.

De ese primer libro jamás dije nada, y es que es tan malo, lleno de errores ortográficos y muchas otras cosas  que son producto de la ingenuidad del momento y de cometer el error de la autopublicación, muy poco puede resultar lo que en verdad hasta el día de hoy tenga valor dentro de ese libro, sin embargo, es a Partiendo... a quien yo le agradezco haberme llevado por otros caminos, es decir, que si no cometo ese error quizá seguiría escribiendo así o nunca hubiese publicado y quizá abandonar la idea de escribir habría terminado siendo la solución. No voy a decir que he mejorado, yo quiero creer que es distinto, que mi proceso creativo y también mi relación con la literatura ha «mutado». Antes de 2011 mi acceso a libros era escaso, luego de ese año conocí personas que me ayudaron a encontrar otras lecturas pero lo más importante es que en algunos y algunas encontré una amistad profunda que no estaba sustentada en la calidad de mi trabajo literario.

Es difícil escuchar a un poeta decir sobre una compañera poeta que su compañero también poeta le hacía los poemas, es decir, lo que este primer poeta decía en una conversación es que la compañera poeta no tenía forma alguna, ni herramientas intelectuales para escribir por ella misma sus propios libros y que eran finalmente escritos por el compañero de ella que también era escritor y que por ser hombre sí era considerado una persona con la capacidad intelectual para escribir por sí mismo y por terceros. La compañera a la que se refería era Mayra Oyuela y quien hacía esta aseveración era Marco Antonio Madrid, abalado por la risa de Mario Gallardo, maestros de la carrera de literatura los dos.

En el blog de mimalapabra Giovanni Rodríguez en una nota que titula «Narrativa hondureña actual: una voluntad posmoderna» en su primer párrafo se queja de las librerías o de que no existan éstas o de que la gente no lea, no me queda claro, lo que sí está claro es que Final de invierno (Il miglior fabbro, 2008) de Dennis Arita es un libro incomible, aburrido de principio a fin y que no es el libro que dicen que es. Con Las virtudes de Onán (Secretaría de Cultura, Artes y Deportes, 2007) de Mario Gallardo pasa que no es un libro malo, tiene ciertos destellos, pero no es la brutal genialidad que Rodríguez dice que es, es decir, no es el santo grial de la narrativa contemporánea hondureña.

Gustavo Campos publicó en 2010 el libro Los inacabados (Editorial Nagg y Nell), que es el libro que yo considero nos terminó de dar un empujón hacia dentro a los que quizá éramos un poco más distantes de la órbita central de la literatura nacional actual, o del escenario de la misma, es eso lo que quizá quiero decir. Aquí es donde por primera vez veo la ciudad como elemento literario, como personaje y como síntoma de la narración actual, una narración marcada por la violencia, el alcohol, las drogas y el sexo, propios de una sociedad urbanizada y moderna (tomando con pinzas estos conceptos) algo que se vería más adelante con dos libros que yo los considero emparentados en cuanto a discurso narrativo, Poff (La hermandad de la uva, 2011) de Darío Cálix  y Autobiografía de un hombre sin importancia (Ñ Editores, 2012) de Ludwing Varela, para mí es aquí donde estamos hablando ya de un cuaje más concreto de lo que empezaría años atrás, estos tres libros son realmente un cambio significativo en el lenguaje a utilizar en la narrativa contemporánea del país.

Ahora, ¿qué pasa entonces con la tan trillada frase de Hernán Antonio Bemúdez: «el eje de la narrativa hondureña parece haberse desplazado a la Costa Norte», ¿a qué se refiere Bermúdez con esto?, ¿acaso el eje de la narrativa hondureña tomó unas vacaciones en las playas de Tela? Lo que sí queda bastante claro es que la interpretación de esta frase por parte de algunos escritores que se identificaron con ella de inmediato es que cuando Bermúdez habla de «la Costa Norte» se refería a San Pedro Sula y que cuando Bermúdez habla de «eje» se refiera a sus obras y que cuando Bermúdez habla de «narrativa hondureña» habla de ellos.

«El eje de la narrativa hondureña parece haberse desplazado a la Costa Norte», sí, así comienza el prólogo a Ficción hereje para lectores castos (Mimalapalabra, 2009) de Giovanni Rodríguez, una novela divertida, sin más, y es que en una ocasión me preguntaron cuál era la diferencia entre Cortázar y J. K. Rowling, yo contesté sin dudar que uno había construido una obra más cercana al oficio de cualquier artesano, como quien desmenuza el lenguaje para moldear una historia y que la otra escribía con el objetivo de entretener, nada más, que leer a ambos es tan válido como ver toda la saga de Rocky. En Ficcion hereje para lectores castos Rodríguez sí que nos muestra un lenguaje moderno, una historia que transcurre en SPS, una historia que nos mantiene entretenidos, pero eso, una historia que no nos lleva a ningún lado en especial.

En Infinito cercano (Letra Negra, 2010) de Jessica Sánchez vemos un lenguaje narrativo que nace en el interior de la ser humana que lo escribe, ¿acaso no es ésa la razón central por la que escribe quien escribe sino para salvarse de las cosas más profundas? Este lenguaje narrativo que resulta ser la intención de crear una realidad a la realidad misma (parafraseando a Campos acerca del libro). Existe un pacto entre narradora y quien lee, y es el de te contaré una historia, es ficción, puede que no haya pasado puede que sí, te va a entretener... y es que quien lee buscará siempre un libro que lo mantenga pendiente de lo que viene a la vuelta de la página y no uno que se caiga de las manos. Jessica Sánchez se convierte, en mi particular juicio, en una de las lecturas obligadas para terminar de entender la narrativa actual en Honduras, porque recupera a mi parecer la emoción de contar historias, la dulce sensación de una historia contada como quien nos acerca lo más que puede al pulso más profundo de un corazón vivo.

Entonces, olvidémonos por un instante que el eje de la narrativa hondureña está tomándose una cervecita y bronceándose en las playas de Roatán y centrémonos en lo que motivó este post: «Las contradicciones de misóginos y homofóbicos literatos de la costa norte o las cosas por su nombre», publicado por Gustavo Campos en su blog ayer 23 de febrero de 2016, en la que resume su accidentada amistad con el círculo de escritores de la Costa Norte es decir con los escritores sampedranos. 

A mí lo que me sigue pareciendo completamente desagradable en el asunto es que tras leer el post de Gustavo, yo sólo veo dolor, un dolor de circunstancias personales de las que yo no tengo licencia para opinar, pero sí la tengo para opinar sobre el actuar de autores hondureños de quienes poco o nada de valor humano se puede contar, de cómo el victimario se convierte en víctima de sus propios actos, es esto último lo que finalmente terminará de poner la tapa al asunto.

Quizá una de las cosas más absurdas es tratar de dividir a la literatura hondureña sin mayor criterio que el geográfico, los del norte que son la mera pija y los de la capital que no son... bueno, que son de la capital nada más... y así ahondar en un regionalismo que no resulta ser más que el pensamiento subdesarrollado de un grupo de escritores cuyos triunfos literarios no alcanzan para salir de las fronteras de este paísito, eso o que la mierda en la que vivimos cotidianamente y el calor de SPS les ha fundido sus cerebritos, luego salen estupideces como la de andar por ahí diciendo que la poesía ha muerto o queriéndoselas tirar de chistositos porque despotrican contra gays y mujeres por igual en sus blogs y cuentas personales en redes sociales, con ese ímpetu podrían dejar de escribir y venir a hacer stand up a Coyote y 1/2.

El punto es que todo esto seguirá ahí mientras sigamos dedicando tiempo y energía al chismorreo de las redes sociales y no a plantearlo por escrito pero sobre todo a despotricar contra los que despotrican contra todo. Y no son sus obras siquiera de las que hablamos sino de la tan reprochable actitud de desvirtuar todo lo que se hace y la misoginia y la homofobia, que en una sociedad que se presume adelantadita estas cosas son completamente intolerables.

Todo este asunto en parte se debe a la ingenuidad con la que vemos las cosas, si Giovanni Rodríguez se queja de las exiguas librerías y de los lectores castos, podría preguntarse él hasta dónde la moral se puede estirar sin romperse en cuanto a honestidad en el medio literario y sobre todo la brutalidad con la que se abusa de los estudiantes en la universidad en las clases de español. 

Pero sobre todo es lo condescendientes que somos, Fabricio Estrada por ejemplo decía en su blog que «con Giovanni podemos entrarle a los altos hornos para identificar la poesía en su nivel de fuego blanco», bien, pero yo no veo cómo eso es posible cuando por otro lado se forman criterios equivocados sobre las relaciones personales pero sobre todo cuando se desvirtúa el trabajo de muchos autores por su militancia política o por un posicionamiento ideológico u orientación sexual o por el hecho de ser mujer, finalmente, lo que no se puede es ir por la vida creyéndose el non plus ultra de las cosas en una sociedad con una diversa manifestación literaria. Y es por eso que me uno al llamado de atención que Gustavo Campos lanza, para defender la literatura pero sobre todo para defender la integridad de quienes nos dedicamos al oficio y reconocer que hay cosas que no se pueden seguir tolerando.

lunes, 1 de febrero de 2016

Murakami o la estética de la tristeza



Si existe un soledad inescrutable, quizá habite en las novelas de Murakami. Una soledad tan profunda que cuando no queda de otra entonces hay que dejarse llevar. Pero qué es la soledad sin la tristeza, y qué es la tristeza sin Murakami porque si de algo estoy convencido es que después de leer «Al sur de la frontera, al oeste del sol», sólo queda la tristeza honda para quien lee.

Murakami, en esta novela, no aborda nada profundo en realidad. Muchos tramos de la novela son sólo el producto del hastío, escenas recurrentes, el bar jazz, la referencias literarias, una pareja con un amor atormentado, personajes tristes, profundamente tristes que dan ganas de llorar de sólo pensar en cuál será el próximo libro de Murakami que leeremos. La fórmula de Murakami resulta ser haber alcanzado la estética de la tristeza en sus novelas.

El único dato curioso es que aquí vuelvo a encontrar esa visión japonesa primermundista de América Latina en una vaga referencia geográfica, en «Tokio blues», Murakami hace referencia a Uruguay, y habla de un lugar lleno de mierda de vacas, vaya, un enorme país potrero, en «Al sur de la frontera, al oeste del sol» la referencia recae sobre México:

«-Yo también -coincidió Shimamoto-. De mayor cuando leí la letra de la canción, me llevé una desilusión. ¡Sólo era una canción sobre México! Yo que pensaba que al sur de la frontera debía de haber algo maravilloso.
-¿Cómo qué?
Shimamoto se echó el pelo para atrás con las manos y se lo recogió.
-Pues no lo sé. Algo muy hermoso, grande,suave.
-Algo muy hermoso, grande, suave -repetí-. ¿Se puede comer?
-Shimamoto se rió se rió. Pude entrever sus dientes blancos.
-Quizá no.
-¿Se puede tocar?
-Quizá sí.
-Me parece que hay demasiados quizás -dije.
-Aquel es un país con muchos quizás.»

En esta parte Shimamoto y Hajime hablan de la canción South of the border de Nat King Cole.

viernes, 15 de enero de 2016

72 horas, un documental por las PAE


«72 horas», es el documental producido en el marco de la campaña #PorqueAmoElegir, campaña creada para la denuncia de los Derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en Honduras, situación que se agudiza de manera sostenida.

Honduras es el único país en América Latina donde utilizar un método anticonceptivo de emergencia es prohibido y penado, independientemente si una mujer ha sido violada o tuvo una relación sexual sin protección por placer. El documental aborda precisamente este punto y a partir de él se desarrolló la campaña. En «72 horas» se ven reflejadas las voces de las mujeres que militantemente han estado defendiendo los derechos de las mujeres en un país en donde una mujer muere aproximadamente cada 16 horas. En el año 2015 se registraron 3,000 asesinatos a mujeres, pero se sabe que muchas de las muertes no han quedan registradas.

miércoles, 13 de enero de 2016

Fabricio Estrada en dos fragmentos


En diciembre de 2015 en la revista Saku apareció publicado un artículo mío sobre «Houdini vuelve a casa» de Fabricio Estrada: «Cómo volver al inicio»


De la doble naturaleza del espíritu

Otro me va creciendo
bajo este nudo insoluble
me crece en las uñas
en el rostro que
como un jardín abandonado
se enmaraña de hierbajos.
Otro que palpa a oscuras
la cóncava fosa
me va creciendo
con los huesos encogidos
y el cabello incontenible
agrietando el silencio.
Cada mañana lo espero
en su palabra nueva
y apenas recibo una sombra
el imposible gesto
de explicarlo todo
en su desesperado abrazo.

[...]

Pequeña danza en tus pasos

De pie
en tu primer equilibrio
en tu primera sombra.

Hubiera querido
soplar el vidrio de la mañana
para guardar tu luz.
Dos pasos,
cuatro ondas sobre un mar inmóvil,
el guijarro botaba delicado desde mis manos
sobre los árboles hundidos,
sobre las últimas bocanadas
de un ahogado.

El patio era gigantesco.
La soledad en vos
no tenía forma ni adioses.
Todo pendía en su madurez exacta:
los frutos, el sol.
Vos descubrías los mapas
en las paredes desmoronadas,
el viejo color de otra infancia
y suavemente
el puerto
se iba acercando
a los barcos.















Fabricio Estrada
Sabana Grande,1974.

jueves, 7 de enero de 2016

Jazz


Leer «El perseguidor» de Cortázar, no sólo es una manera de reafirmar la belleza del autor sino una buena excusa para hablar de jazz sin pasar por Murakami. Un plus, las hermosas ilustraciones que para esta edición hizo José Muñoz, uno de los cracks de la ilustración y el comic argentino, por ahí, el trazo fuerte y a veces más que fuerte, luz brusca, sólo es apenas otra forma de interpretar el texto que nos lleva por los rincones más oscuros de un grupo de músicos de jazz y las relaciones entre sí en donde la voz principal (Bruno) debe ir dando balance con su sobriedad ante el caótico andar del doblemente narrado, Johnny y el jazz. En suma, Cortázar hace evocación a una prosa construida desde la belleza del lenguaje.


viernes, 16 de octubre de 2015

A qué escribir



Playlist: «Dinosaurios» de Fobia. Nada de qué escribir. Todo se pierde como esa imagen acuática del vídeo. Afuera la ciudad, ella y la enorme contemplación del vacío, de algo que se perdió, tan lejano como la intensión de escribir.

Pasar horas en los portales porno, pasar horas viéndole el culo y las vaginas peludas a actrices porno que fingen ser amateur, que fingen más orgasmos que estrellas en el universo. La pantalla se rompe, vuelvo al papel, nada sirve y después de semanas no entiendo mi propia letra.

Playlist: «Rompecabezas» de Los Concorde, la voz sensual de De Lozane. Audífonos. Sonido estereo. La ciudad llueve y nada sirve. Leo fluctuantemente, me pierdo, la tv encendida, las pupilas dilatadas y todo se vuelve a perder. Letra en aerosol. Sigo sin entender. Una nota que intento escribir. Todo se pierde y me pierdo a la vez, una vez por vez.

Pasar horas viendo en instagram las fotografías que nunca tomaré, de la vida que nunca viviré de un escritor rockstar que nunca alcanzó a llegar a ningún lado.

Playlist: «Quisiera saber» Los Daniels ft Natalia Lafourcade, una taza de café y la luz oscura de la tarde. El ruido del silencio que habita el día que cae lento sobre lo que nunca hago, pierdo los detalles en la idea del proceso, lo artesanal es snob. Rompe el humo, rompe todo lo que no fluye. Las palabras que no existen. Vacío al fin de cuentas.

Vagar es lo mío, lo de ir de un lado a otro, divagando y sin llegar a ningún lado, sin saber nada, sin encontrar, sin saber, como lo inexistente.

Playlist: «Bailando solo» de Los Bunkers.

16:58, 16 de octubre de 2015
Tegucigalpa

martes, 11 de agosto de 2015

Salvador Madrid en dos fragmentos



Confines

Éstas son las causas,
el silencio y la voluntad que le precede,
la pérdida, lo imperioso de verse así mismo
en una luz molida por las rendijas.

No hay regreso,
apenas una estación y sus podridos frutos.

No hay un país
sólo una tierra
unida al cielo por las humaredas.

No está el hombre, sólo una hojas
llevadas por ese ruido que se supone es el viento.

Si todo fuera como un cuadro de Bosch
para tomar una lanza contra el enemigo,
pero aquí, bajo esta oscuridad, no hay dilemas.
La bondad no sirve. La maldad no existe.

Un pez muerto
es el habitante que mira el horizonte.

Y no hay tedio
ni espera.

[...]

Sueña la sed

En la espera se hunde el cielo
y la paz emponzoña la tierra
donde el pez despierta de su pesadilla.

Un día que oscurezca después de dormir,
un dominio simple
como tener piedrecillas en las manos
y al frente un lago.

De lo invisible surgió esta carne,
el arpa donde se enredó un cuervo
y la fiebre que adora su ombligo
sobre los ojos desorbitados.

Una tierra fue mía, antes.
Hoy poseo el jirón de su ceniza.

Y espero.
Soy un espejo
donde el límite es desflorado por el infinito.

Algo cae
y espero.


Salvador Madrid
(1978)

domingo, 10 de mayo de 2015

Carlos Ordóñez: Disturbio en el fragmento 119 de Heráclito



Muy cercano a una honda belleza, una belleza que sólo el lenguaje puede alcanzar, el Disturbio en el fragmento 119 de Heráclito es la miga de pan que de los días de fiesta desean los grandes comensales de la mesa. Digamos que hablar aquí de lo bien escrito que está, que las imágenes y el uso de una metáfora verdaderamente profunda, sería enredarnos, así que alcanzaré a decir antes de que ustedes se aburran y me manden a la mierda que de Carlos Ordóñez toda la fuerza contenido en este libro que se aprende solo: como los colores en los atardeceres, como el sonido del agua entre las piedras cuando fluye tempestuoso en su cauce al mar desde los ríos.

***

Cartografía de las ruinas

Bajo la noche en que los galopes fisuran las cuerdas del silencio, entre los escombros de un puente en vilo, donde arrojé mi niñez contra la corriente de algas y peces endebles, bajo los soportales donde acude mi voluntad a descubrir el resplandor.

En mi memoria contemplo la danza de los insectos alrededor de la luz, advierto la puntada del marfil en la herrumbre de mi corazón. Vienen a mí las espirales del presagio: oigo nudos vivientes dentro de un albergue sin ventanas, los signos se ocultan sobre la durmiente del tejado, las flores enfermas reposan ante el acto de la yema de los dedos.

No conozco canto más dulce que el verde gorjeo de un pájaro enredado en las venas de la mediaurora. Mi voz se desliza entre las manos de aquel que en su videncia aguarda la revelación de la luz y canta sediento en las ceremonias de los zahoríes. Mi voz es el eco inmerso en la caverna, la sílaba que silba la sombra del viento. Allí abro el cuaderno teñido con sangre, allí corto el árbol para incendiar la casa del augur.

Refulge el licor deletéreo en las brasas del sufrimiento; la piedad devana lirios para los muertos; habita el silencio, el consuelo, junto al fogón de la madrugada, y así nace la claridad: revive la savia del arcano en la oquedad de las jícaras, de sus profundo pozos surge la tempestad.

pág. 25.

miércoles, 29 de abril de 2015

De los libros olvidados: Livio Ramírez, 164, poesía moderna


Un hombre que cae en el tenebroso laberinto de la memoria puede ser considerado un hombre cuyo corazón late en una frecuencia distinta a la nuestra. Un hombre que puede ir y volver de la oscura sombra que nos acompaña es alguien a quien uno tiende a valorar por su enormidad.

De las anécdotas más hermosas que me han sucedido en este último mes que ha estado lleno de cosas hermosas es haberme encontrado con Livio Ramírez en una imprenta de Tegucigalpa, él viendo los últimos detalles de un trabajo antológico, yo viendo los detalles de nuestra más reciente publicación en subVersiva. Lo primero que me preguntó era si conocía a Nincy Perdomo, le dije que sí y los ojos se le llenaron de cierto brillo, de ése que sólo es posible cuando existe complicidad y antes de que el mundo nos interrumpiera con su cotidianidad me confesó que tiene mucha fe en las voces nuevas de la poesía hondureña, que Nincy le parecía una de las voces más potentes, que nosotros (él y yo) tenemos que sentarnos a platicar con mucha más calma que la que posee lo fortuito.

Y es así como recuerdo el haber arrebato de entre la pila de libros usados en las cercanías de Casa Alianza el cuadernillo «164, poesía moderna», editado por la Dirección de literatura, Coordinación de difusión cultural / UNAM, 1991.


Palabra
no me traiciones
no te me rompas a mitad del vuelo
prefiero que me enseñes
la forma de matarte
si no me das el fuego que yo quiero.

[...]

Muerdo mi propia sangre
diariamente
cada instante
pregunto a mis verdades
me escucho
con profunda desconfianza
toco a muerte
el íntimo tambor
a ver si no se rompe
con mi nombre
llamado traidor
al ojo
si no llega al subsuelo de la imagen
practico la acrobacia del yo mismo
en el fondo la vida es cuestión de salto mortales.

[...]

Tengo ahora
nostalgia de yo mismo
y me quedo sin tiempo
en niño antiguo
y de verdad el pájaro es el pájaro
y un caballo de amor
el aire tiene
son las tres de la tarde
está lloviendo
mi padre habla del mar
siento los peces
mil novecientos livio
y era entonces
un cielo mío
vivo
ciertamente.

[...]

De
mi
ciudad
recuerdo
sobre todo
un reloj
donde
la muerte
le
habla
a sus habitantes
con aterradora
exactitud
desde
siempre.

viernes, 10 de abril de 2015

Néstor Ulloa en dos fragmentos


Patente de corso

De repente
te das cuenta de la ventana abierta en tus manos.

Después de eso,
uno se cree con derecho a cambiar el mundo

[...]

Insomnio

A veces despierto
buscando
la clara certeza de tu cuerpo
entre estas manos llenas de pájaros.
Pero entonces me convenzo
que estoy despierto
y que este galope de cien caballos
que me destroza el pecho
me grita tu nombre con la fuerza de un disparo
y me arrastra
hasta tu noche.










Néstor Ulloa
Comayagua, 1978.

martes, 17 de febrero de 2015

Cuerpos, relatos eróticos por mujeres


anoche, cuando recién llegaba a casa con el libro en mano, lo primero que me dijeron al verlo fue «¡ah, para mojarse leyéndolo!», claro que yo no lo había pensado así.

***

Ella entró al cuarto cansada.  Sobre la cama estaba él, roncaba. Se quitó la blusa, luego la falda. Él, roncaba. Se sentó en la orilla de la cama. Lo observó. Cerró los ojos y respiró profundo. Soltó su pelo, lo acarició. Recordó aquella vez en casa de sus padres. Cruzó las piernas, un calor invadió su vientre con los recuerdos de aquel cuarto pequeño, incómodo. Donde el suelo se volvía un estorbo, límite para las caricias. Abrió los ojos. La habitación estaba obscura. Solamente se escuchaba el reloj y sus ronquidos. En qué momento pasó esto entre nosotros. El allá, yo aquí. Antes luchaba por no caer en sus labios. Trataba de no desear  arrancar su piel y cubrirme con ella. En qué momento pasaron a ser mejores mis sueños que la realidad.

Abrió los ojos. Los ronquidos de nuevo. Volvió a cerrarlos. Comenzó a acariciar su muslo, su entrepierna. Mientras él roncaba, sus latidos aumentaron. El calor comenzó a subir en busca de un ritmo. De pronto, los ronquidos de su esposo dejaron de ser importantes, hasta volverse eróticos. La cama adquirió movimiento y por un momento sintió como si ésta hubiera sido arrancada del suelo y la elevara. Con cada movimiento de su mano, se excitaba más, y de pronto estaba ella sola, iluminada, llena de gracia por ese orgasmo que fluía una y otra vez, sin descanso. Trató de no gritar, un leve gemido fue lo único que pudo liberar. Esa noche durmió como un bebé. Al otro día, ella preparó el desayuno cantando. El la observaba, extrañado. 

      –Parece que hoy amanecieron contentas 
      –Sí, ayer dormí de lo mejor.
     –Qué bueno gorda. Ya muchos días que llevas sin dormir. De plano lograste dormir porque no ronqué. 

     Ella sonrió mientras servía el café.


Love madness de Marilinda Guerrero Valenzuela | pág. 121.

domingo, 1 de febrero de 2015

Labios de Maurice Echeverría (o una narrativa sin mojigaterías)


«Alquilaron películas porno con lesbianas de todos los colores, luego se hundieron en una cogida insolente y calculada.» Así comienza la historia de Irene y Alejandra. Historia narrada desde la voz voyerista del tercer personaje de la historia, alguien del que jamás sabremos su rostro ni su nombre pero que por alguna extraña razón da la sensación de ser físicamente muy parecido a Maurice Echeverría.

En Labios, novela que además ganó el Luis de Lión de novela corta en 2003, Echeverría narra la historia accidentada de una pareja de lesbianas. Historia marcada por el amor-desamor-amor-desamor constante como el mal rendimiento de los jugadores del Marathón. Con cada capítulo el lector se adentra en una historia cada vez más bizarra, que va desde el simple engaño amoroso de una de las partes hasta el entramado de citas de carácter sexual que se va buscando la otra, hay dos puntos que te erizan los pelos pero sólo uno comentaré, el de la madre que en un ataque de ansiedad, de desasosiego o simplemente de su impotencia para cuidar de su hija, la abandona para ir a beber algo a un bar, para ir en búsqueda de sexo sin que importe mucho si es con un hombre o una mujer, al llegar del bar con Alejandra, la madre por instantes la deja sola y cuando Alejandra decide buscarla la encuentra en la habitación de la bebé, la madre le practica sexo oral a su hija envuelta en llanto justificándose en que es la única forma de calmarla, la otra en shock, abandona la escena.

Hay puntos en la novela en los que no se puede distinguir qué historia se está contando, si es la historia de un narrador que intenta escribir la historia de una pareja de lesbianas o la historia de dos chicas que se desamoran producto de la traición.

miércoles, 14 de enero de 2015

Mayor Tom, la tierra lee tu bitácora


No habrá justicia para la buena poesía en Honduras hasta que otras cosas se resuelvan, hasta que se logre entender que el poeta es más que un viajero por el universo oscuro de la creación literaria. No habrá justicia hasta que se abandone la pose del poeta de facebook y avancemos a dialogar sobre las cosas verdaderamente importantes para la construcción de una poética honesta. Lo anterior es debido a que hay obras con las que uno no tiene muros, entonces entran y tocan las fibras más sensibles que se pueda tener.

Por ejemplo, La bitácora del mayor Tom de Armando Maldonado, un viaje con la sonoridad de la urbanidad. En contexto, Bowie, pero lo íntimo dentro de este viaje en este libro es la condición más humana que posee. Es decir, esa capacidad que tiene Armando de entregarse para multiplicar una historia en la que se va descubriendo color y textura de una voz cuyo eco se encuentra quizá en las estrellas.

Hago un alto en la lectura, porque debo ir corriendo a youtube y poner el Space oddity de Bowie para continuar. Bien, ahora puedo continuar.El título es ya para los entendidos la referencia directa al maravilloso disco de Bowie. Pero siempre que leo textos sobre poetas que además son astronautas, inevitablemente hay un sin número de referencias que se cruzan y por favor, aquí uno va desde Kubrick hasta ET. Desde El principito hasta Contact, y uno sabe que a pesar de tanto viaje espacial siempre se encontrará el soñar del universo en las pupilas de la mujer amada. Precisamente nos buscamos en el espacio para encontrarnos en la tierra. Y el Mayor Tom lo sabe.

No hay justicia en Honduras para la buena poesía Mayor Tom, por eso tu viaje es la odisea espacial que te has echado a andar. Mayor Tom, no hay puesto de control y tu casco de astronauta cabe en las manos de una mujer. Mayor Tom, también vos sos el sol. Mayor Tom, cambio.

(Diez, nueve...)
El universo es un pájaro negro
que se alimenta de hombres humillados.

El camino es una travesía de horrores y cielo abierto.
Cada segundo es un animal cuestarriba
que no llega nunca a la morada de los ofendidos.

Asegúrese el casco y el traje porque el infinito
buscará comerle los ojos
como un festín que propician las tinieblas.

(Ocho, siete...)
Trace la línea de ruta.
Escriba canciones sobre un mapa
y cántelas en el sueño de cada río.

El mundo se pondrá al revés cuando parta
y no habrá mano generosa
que detenga la arena del reloj.

(Seis, cinco...)
Los barrios polvorientos levantarán los ojos
ante el minotauro de fuego que alzará en el despegue,
meteoro en retroceso hacia la muralla azul del cielo,
donde los ancianos envían cartas a sus
antepasados.

(Cuatro, tres...)
No llore al salir de la atmosfera,
es imposible formar un océano al oeste de una galaxia.

Planet Earth is blue and there`s nothing I can do.

(Dos, uno...)
Compruebe la ignición de los sueños que tuvo cuando joven
y trate de regresar con ellos envueltos en papel de fumar.

(Cero, despegando...)

Que la luz no se pierda en sus ojos.

Buen viaje