miércoles, 13 de enero de 2016

Fabricio Estrada en dos fragmentos


En diciembre de 2015 en la revista Saku apareció publicado un artículo mío sobre «Houdini vuelve a casa» de Fabricio Estrada: «Cómo volver al inicio»


De la doble naturaleza del espíritu

Otro me va creciendo
bajo este nudo insoluble
me crece en las uñas
en el rostro que
como un jardín abandonado
se enmaraña de hierbajos.
Otro que palpa a oscuras
la cóncava fosa
me va creciendo
con los huesos encogidos
y el cabello incontenible
agrietando el silencio.
Cada mañana lo espero
en su palabra nueva
y apenas recibo una sombra
el imposible gesto
de explicarlo todo
en su desesperado abrazo.

[...]

Pequeña danza en tus pasos

De pie
en tu primer equilibrio
en tu primera sombra.

Hubiera querido
soplar el vidrio de la mañana
para guardar tu luz.
Dos pasos,
cuatro ondas sobre un mar inmóvil,
el guijarro botaba delicado desde mis manos
sobre los árboles hundidos,
sobre las últimas bocanadas
de un ahogado.

El patio era gigantesco.
La soledad en vos
no tenía forma ni adioses.
Todo pendía en su madurez exacta:
los frutos, el sol.
Vos descubrías los mapas
en las paredes desmoronadas,
el viejo color de otra infancia
y suavemente
el puerto
se iba acercando
a los barcos.















Fabricio Estrada
Sabana Grande,1974.

jueves, 7 de enero de 2016

Jazz


Leer «El perseguidor» de Cortázar, no sólo es una manera de reafirmar la belleza del autor sino una buena excusa para hablar de jazz sin pasar por Murakami. Un plus, las hermosas ilustraciones que para esta edición hizo José Muñoz, uno de los cracks de la ilustración y el comic argentino, por ahí, el trazo fuerte y a veces más que fuerte, luz brusca, sólo es apenas otra forma de interpretar el texto que nos lleva por los rincones más oscuros de un grupo de músicos de jazz y las relaciones entre sí en donde la voz principal (Bruno) debe ir dando balance con su sobriedad ante el caótico andar del doblemente narrado, Johnny y el jazz. En suma, Cortázar hace evocación a una prosa construida desde la belleza del lenguaje.


viernes, 16 de octubre de 2015

A qué escribir



Playlist: «Dinosaurios» de Fobia. Nada de qué escribir. Todo se pierde como esa imagen acuática del vídeo. Afuera la ciudad, ella y la enorme contemplación del vacío, de algo que se perdió, tan lejano como la intensión de escribir.

Pasar horas en los portales porno, pasar horas viéndole el culo y las vaginas peludas a actrices porno que fingen ser amateur, que fingen más orgasmos que estrellas en el universo. La pantalla se rompe, vuelvo al papel, nada sirve y después de semanas no entiendo mi propia letra.

Playlist: «Rompecabezas» de Los Concorde, la voz sensual de De Lozane. Audífonos. Sonido estereo. La ciudad llueve y nada sirve. Leo fluctuantemente, me pierdo, la tv encendida, las pupilas dilatadas y todo se vuelve a perder. Letra en aerosol. Sigo sin entender. Una nota que intento escribir. Todo se pierde y me pierdo a la vez, una vez por vez.

Pasar horas viendo en instagram las fotografías que nunca tomaré, de la vida que nunca viviré de un escritor rockstar que nunca alcanzó a llegar a ningún lado.

Playlist: «Quisiera saber» Los Daniels ft Natalia Lafourcade, una taza de café y la luz oscura de la tarde. El ruido del silencio que habita el día que cae lento sobre lo que nunca hago, pierdo los detalles en la idea del proceso, lo artesanal es snob. Rompe el humo, rompe todo lo que no fluye. Las palabras que no existen. Vacío al fin de cuentas.

Vagar es lo mío, lo de ir de un lado a otro, divagando y sin llegar a ningún lado, sin saber nada, sin encontrar, sin saber, como lo inexistente.

Playlist: «Bailando solo» de Los Bunkers.

16:58, 16 de octubre de 2015
Tegucigalpa

martes, 11 de agosto de 2015

Salvador Madrid en dos fragmentos



Confines

Éstas son las causas,
el silencio y la voluntad que le precede,
la pérdida, lo imperioso de verse así mismo
en una luz molida por las rendijas.

No hay regreso,
apenas una estación y sus podridos frutos.

No hay un país
sólo una tierra
unida al cielo por las humaredas.

No está el hombre, sólo una hojas
llevadas por ese ruido que se supone es el viento.

Si todo fuera como un cuadro de Bosch
para tomar una lanza contra el enemigo,
pero aquí, bajo esta oscuridad, no hay dilemas.
La bondad no sirve. La maldad no existe.

Un pez muerto
es el habitante que mira el horizonte.

Y no hay tedio
ni espera.

[...]

Sueña la sed

En la espera se hunde el cielo
y la paz emponzoña la tierra
donde el pez despierta de su pesadilla.

Un día que oscurezca después de dormir,
un dominio simple
como tener piedrecillas en las manos
y al frente un lago.

De lo invisible surgió esta carne,
el arpa donde se enredó un cuervo
y la fiebre que adora su ombligo
sobre los ojos desorbitados.

Una tierra fue mía, antes.
Hoy poseo el jirón de su ceniza.

Y espero.
Soy un espejo
donde el límite es desflorado por el infinito.

Algo cae
y espero.


Salvador Madrid
(1978)

domingo, 10 de mayo de 2015

Carlos Ordóñez: Disturbio en el fragmento 119 de Heráclito



Muy cercano a una honda belleza, una belleza que sólo el lenguaje puede alcanzar, el Disturbio en el fragmento 119 de Heráclito es la miga de pan que de los días de fiesta desean los grandes comensales de la mesa. Digamos que hablar aquí de lo bien escrito que está, que las imágenes y el uso de una metáfora verdaderamente profunda, sería enredarnos, así que alcanzaré a decir antes de que ustedes se aburran y me manden a la mierda que de Carlos Ordóñez toda la fuerza contenido en este libro que se aprende solo: como los colores en los atardeceres, como el sonido del agua entre las piedras cuando fluye tempestuoso en su cauce al mar desde los ríos.

***

Cartografía de las ruinas

Bajo la noche en que los galopes fisuran las cuerdas del silencio, entre los escombros de un puente en vilo, donde arrojé mi niñez contra la corriente de algas y peces endebles, bajo los soportales donde acude mi voluntad a descubrir el resplandor.

En mi memoria contemplo la danza de los insectos alrededor de la luz, advierto la puntada del marfil en la herrumbre de mi corazón. Vienen a mí las espirales del presagio: oigo nudos vivientes dentro de un albergue sin ventanas, los signos se ocultan sobre la durmiente del tejado, las flores enfermas reposan ante el acto de la yema de los dedos.

No conozco canto más dulce que el verde gorjeo de un pájaro enredado en las venas de la mediaurora. Mi voz se desliza entre las manos de aquel que en su videncia aguarda la revelación de la luz y canta sediento en las ceremonias de los zahoríes. Mi voz es el eco inmerso en la caverna, la sílaba que silba la sombra del viento. Allí abro el cuaderno teñido con sangre, allí corto el árbol para incendiar la casa del augur.

Refulge el licor deletéreo en las brasas del sufrimiento; la piedad devana lirios para los muertos; habita el silencio, el consuelo, junto al fogón de la madrugada, y así nace la claridad: revive la savia del arcano en la oquedad de las jícaras, de sus profundo pozos surge la tempestad.

pág. 25.