jueves, 20 de diciembre de 2018

palíndromo



este año –que se precipita con cierta tristeza hacia su final– he aprendido sólo una cosa: el deseo de querer ser un palíndromo.

un palíndromo tiene una elasticidad vertiginosa. un palíndromo es eterno. es el fuego de todo los fuegos. un palíndromo no se domestica. un palíndromo va a donde él quiera. se viste como quiere. toma el café de la mañana con entusiasmo de gladiador. un palíndromo no se le caga al éxito. un palíndromo se ríe de sí. se esfuma de las lecturas de poesía. le vale madres los poetas. un palíndromo duerme las seis horas que recomienda playground. un palíndromo es el bajista rockstar que jamás tuvieron los beatles porque prefirieron a mccartney –cosas de la amistad, ustedes entenderán–. un palíndromo vomita con furia de animal ancestral las resacas aunque tenga más de treinta. un palíndromo no sabe si viene o va. un palíndromo coge con la hipérbole. un palíndromo rompe la barrera del sonido cuando escucha a sting en walking on the moon. un palíndromo registra números positivos en su cuenta bancaria. un palíndromo es un insecto pequeño del bosque.

en fin, desear con el corazón apretado ser un palíndromo es mi deseo de año nuevo.

jueves, 8 de junio de 2017

La otra cancha, el otro partido

                                                                fifa.com



El único gol que he visto por un hondureño en un mundial de fútbol, lo anotó Costly, un gol bello, que yo podría enmarcar y decirle a la gente cuando me visite en casa –y muy orgulloso, claro– éste es uno de los mejores poemas jamás hechos en Honduras, superado sólo por aquel antológico de Pecho de Águila Zelaya, el mejor poeta hondureño.

En Guatemala jugábamos a la chamusca (esa versión guatemalteca de la siempre bella «potra» hondureña) con un grupo de inadaptados, poetas en su mayoría, y a mí siempre me ponían a jugar porque ser hondureño me cubría de una especie de manto goleador, de ese mismo del que parecen estar cubiertos los delanteros brasileños. Pero eso sólo era posible desde la miopía poética de mis amigos, que eran, al menos en eso, muy amorosos.

Con el tiempo, a la chamusca dejaron de llegar los poetas, porque eso siempre es así. Y el grupo comenzó a diversificarse, era más, un club de fans del fútbol, que un equipo de barrio, y a mí eso me parecía bello.

Alguien dijo, más de una vez, que ver jugar a Messi era como ver jugar a un niño. Esa inocencia que no debería perder nunca el fútbol es posible en las canchas de barrio. Aunque en algunos barrios hondureños se hayan convertido en el espacio de dealers y reclutadores para pandillas, y el narcomenudeo. Fuera de eso, aquello tan tierno cuyo origen está en la infancia, puede sobrevivir, apenas.

Cuando era niño, en mi barrio no había cancha, así que jugábamos en la calle, y descalzos. Aquello se convertía en el griterío más polvoriento jamás escuchado. Y esa magia, fue borrada por la atomización del pavimento sobre nuestra calle, y por la envestida final de las maras hacia finales de los años 90.

En los 90, vi maravillado el mundial del 94 y el del 98. En Estados Unidos, se selló el final de la carrera de Maradona, y llorábamos, aunque no sabíamos por qué, llorábamos por él. Era el gran tema de conversación en mi escuela. Hasta que Brasil derrotó en la tanda de los penales a aquella Italia memorable, pero a quien su número 10 no le ajustaban las fuerzas para encajar en la meta de Taffarel. Baggio corrió con la suerte que corren los grandes que han fracasado en esa misma instancia. Y jamás volvió a ser el mismo. En Francia, lo locales serían los más sorprendidos. Los galos levantaban una copa reservada sólo para quienes conocen el Olimpo. Y así, ellos pasaban a ese selecto grupo de semidioses. Los 90, en términos futbolísticos, fue una década interesante. Excepto por las transmisiones del fútbol italiano a las 6 de la mañana de cada domingo.

En mi barrio nos pintábamos con marcadores números en las camisetas. Y armábamos equipos imaginarios, que jugaban en una liga imaginaria. Era lo más parecido a tener un mundial en nuestra calle.

De adultos, la potra es algo muy cercano a recuperar la libertad salvaje de la infancia. El griterío vuelve, y aunque ya no juguemos descalzos, y hayamos sustituido la calle polvorienta por la cancha sintética, nuestro niño salta al partido, como si cada uno, fuera aquella final contra el Brasil de Taffarel y Rivaldo.

En 2014, Costly hacía posible aquella hipérbole del fútbol hondureño: el gol mundialista. Me quedé sin voz en la celebración. Costly sólo comprobaba que la leyenda urbana existía, era real, los hondureños eran capaces de anotar un gol en un mundial de fútbol, y hacerlo bien. Aunque en aquel partido, la selección ecuatoriana haría la remontada, condenando a la H a volver a casa, con la gloria de los vencidos, la de al menos haber anotado un gol.

El mundial de Brasil pasó entre chaomin, talleres de lectura para niños, y la chamusca de los sábados. La junta, la hacíamos en casa del Viejo Gruñón, apodo dado a don Edwin por su hijo, quien era el responsable de meternos a todos en su casa para ver el mundial. Xela, al menos durante ese breve periodo, no fue tan fría.

–Yo creo que los guatemaltecos jamás vamos a celebrar un gol en un mundial. –Me dijo más tarde un amigo periodista, que veía el partido conmigo, y que de alguna manera también era extranjero en Xela, porque él era de la Ciudad de Guatemala.

Don Edwin tenía voz de dragón, de locutor de radio AM, quiero decir. Era violentamente dulce, te puteaba y te daba un abrazo. Era el único del grupo, que realmente había jugado profesionalmente al fútbol, en los rojos, porque el Municipal fue el equipo de sus amores, aunque ya no hablaba mucho de su carrera futbolística. Él decía siempre que los jugadores actuales sólo se andaban con huecadas, es decir, que no jugaban como los de antes, algo muy parecido a lo que mi padre dice cuando afirma que los de la H del 82 sí eran hombres.

Don Edwin jamás nos fue a ver jugar la chamusca, que para qué iba a andar perdiendo su tiempo viendo jugar a pandos y duros. La jerga era lo suyo.

La única vez que me asaltaron en Xela, fue regresando de su casa, era el día de su cumpleaños. Y yo le dije que ir a su casa estaba asociado con las cosas menos probables. Que me asaltaran en Xela y el gol de Costly en el mundial de Brasil, por ejemplo. Él me miró como escrutando el vacío, ese día fumaba en silencio, porque el silencio era otro oficio que había aprendido con los años, y luego me dijo: «sólo huecadas decís, catracho de mierda». Sentenció la frase con una carcajada.

El viejo murió en 2015, y su muerte me llenó de mucha tristeza, pero recordar el hombre sin abismos que era en realidad, es hacerle el mejor homenaje que desde aquel gol que hicimos al conocernos, jamás pude. Porque el otro partido era platicar con él, era escuchar su escándalo amoroso, era reírnos, porque no sabíamos por cuánto más se contendría en volver a putear. Porque la otra cancha era volver a la infancia, en suma.

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lunes, 15 de mayo de 2017

La ciudad y su lluvia

«y cuando somos fuertes, 
nos devora el temor de seguir, 
cuando soy más débil...»

Ha comenzado a llover. La ciudad se moja, y nada queda ya de un calor de temporada que estuvo a punto de incendiar las camas en las que la gente que habita Tegucigalpa hace que descansa. Con la lluvia, vienen también las migraciones, pero también viene el recuerdo de cuando nada en ella me parecía hermoso. Sólo que era la culpable de las cosas malas, la tan llena de soledad.

Comencé la migración poco antes de los treinta, y la primera vez que vi la lluvia cubriendo a Tegucigalpa de un manto largo de húmeda transparencia, me hizo entender la belleza que habita en ella. Todo ruido posible desaparece. Toda angustia parece extinguirse. Es la lluvia en realidad la que reinvindica nuestra humanidad, y no nosotros mirándola con cierta envidia.

La lluvia en el norte hondureño es distinta, es una lluvia más pesada. Casi que no se puede vivir con ella. En Xela, la lluvia viene envuelta en un frío terrible, un frío que entra y se te clava en los huesos, y nada hace entrar en calor al corazón humano. En Tegucigalpa, más allá del colapso urbanístico, la lluvia tiene el encanto de las cosas inacabadas.

Las migraciones son la acumulación de las cosas inacabadas. Por ejemplo, alguien que migra porque necesita encontrar un mejor trabajo, aunque esto implique dejar atrás una vida en la que relativamente era feliz, y esa vida queda en suspenso, esperando su regreso, siendo inacabada. Cuando me he mudado de una ciudad a otra, de un país a otro, de una casa a otra, de un apartamento a otro, he dejado atrás esa vidas, han entrado en ese largo suspenso, quizá esperando mi retorno, quizá no sabiendo más de mí ni yo de ellas. Como la lluvia, que cada vez que cae es nueva, yo soy un hombre nuevo en un nuevo espacio por descubrir.

De mi vida inmediatamente anterior no es de lo que quiero hablar, ni siquiera de la nueva, que es este pequeño viaje en el que me acompañan mis gatos. Vamos sorteando un poco la suerte, yo más que ellos, y ellos siempre conmigo.

De lo que quiero hablar es que ahora veo a una ciudad nuevamente húmeda, con el sonido de la lluvia, ella también es otra como quizá yo lo soy. Una ciudad cada vez más sola.

Me pongo nuevamente la vieja escafandra imaginaria, y la recorro imaginariamente, porque de otra forma a veces me da miedo, a veces.

La ciudad es un viejo reloj, es un antiguo pensamiento.

La ciudad y su cúmulo de esqueletos hambrientos habita el imaginario de alguien que pretende ir un poco más allá, surcar las fronteras de lo incorrecto, y regresar ileso a la seguridad de su hogar, pero nada es tan cierto, que las heridas hechas en el corazón son aquellas a las que por extrañas razones nos vemos atraídos, de las que por extrañas razones se nos es imposible escapar.

La ciudad es un charco de luz que hacen las palabras que tecleo en mitad de la noche, por eso, el insomnio ha vuelto y tiene por rostro el mío, uno cansado, uno de hombre envejecido, con la nostalgia como bandera y no como pose de enfermo.

La ciudad se va nuevamente, envolviendo en aquello que fue, pero que ya no es más que un tierno recuerdo. La lluvia no cesa, porque la tregua es para los cobardes.

Vuelvo al blog, vuelvo a la digital anatomía de un hombre que he sido. No tengo manifiesto ni abismo. Continúo en el cigarro comprometido y en la vaga promesa del café que por la mañana reinvidicará mi humanidad, como la lluvia reinvindica a la ciudad y sus pequeñas cosas hermosas.

sábado, 29 de octubre de 2016

Juan Villoro: Balón Dividido


EL GOL QUE CAYÓ DOS VECES

La imaginación suele ser desafiada por goles fantasma. ¿Entró la pelota en la portería o botó en la línea para huir del arco? En casos de alta indefinición, nuestras preferencias resuelven lo que los ojos no pudieron ver.

El 18 de abril de 2007 Lionel Messi produjo una nueva clase de gol fantasmagórico: la copia de una anotación que parecía irrepetible. Veintiún años después de que Maradona burlara a media docena de ingleses en el Mundial de México, la Pulga repitió la proeza ante el Getafe. Ambas jugadas ocurrieron en la misma zona del campo, duraron once segundos y fueron ejecutadas por argentinos en estado de desmesura.

El gol de Messi permite pensar en el extraño arte del copista. El escritor argentino Juan Sasturain comparó al delantero con Pierre Menard, el personaje de Borges que dedicó su vida a calcar el Quijote palabra por palabra. Con desafiante ironía, Borges presenta a un tarado que sin embargo tiene un sesgo genial: hace una copia idéntica pero en una época diferente; por lo tanto, obliga a que «su» Quijote no sea leído como una obra renacentista sino contemporánea. El contexto define el sentido del arte. En el relato, Borges se burla de las exageradas interpretaciones de los críticos, pero también plantea la posibilidad de que alguien sea original como segundo autor de una obra. Tal fue el caso de Duchamp con la Mona Lisa de Leonardo. Un buen día le pintó bigotes para desacralizar la imagen clásica, luego le quitó los bigotes y el cuadro quedó como siempre, sólo que ahora se trataba de una Mona Lisa «afeitada».

El gol de Messi expresa de manera sencilla y contundente la capacidad creativa de un imitador; su jugada fue un prodigio que a nadie se le ocurrió considerar original. Al respecto escribe Sasturain: «En estos tiempos de fútbol mecanizado y jugadas preconcebidas con ejecutores obedientes, no es demasiado raro que se vean goles iguales a otros –hay infinidad de casos en que se repiten calcados circunstancias y desempeños–; lo extraordinario del caso es que, precisamente, lo que se veía mágicamente repetido era lo –por definición– irrepetible, lo excepcional: el mejor gol de la historia. El de Messi no era ni mejor ni peor: era, de un modo inquietante, igual. No hizo otro gol parecido ni lo copió ni lo imitó ni lo tradujo: simple, increíblemente, lo hizo otra vez». Al modo de Pierre Menard, Messi fue autor de una obra maestra que ya existía.

Hasta ese momento, el gol de Diego tenía una forma casi abusiva de ser el mejor de todos. El capitán argentino se singularizó de manera histórica en un Mundial, ante una escuadra de enorme jerarquía. Nunca antes ni después un jugador gravitó tanto en el ánimo de los suyos; en 1986 Maradona dejó la impresión de que bastaba darle la pelota para que hiciera campeón a su equipo. El Negro Enrique, que le cedió el balón en medio del campo, resumió la «diegodependencia» del equipo con picardía de barrio: «¿Viste que pase de gol te puse?». Aquella jugada de trámite en el centro de la cancha había sido, en efecto, un pase de gol para el desaforado 10 de Argentina.

Como el fútbol perfecciona mitologías, el tanto legítimo de Maradona fue acompañado del que anotó con el puño rebautizó como «la mano de Dios». Diego selló la historia del fútbol con la dualidad o duplicidad de su talento: en 1986, durante noventa minutos de verano, fue Jekyll y Hyde ante Inglaterra.

La versión de Messi de la jugada en que un exagerado marea a medio equipo, desconcierta como un milagro: el mejor gol son dos. Aunque el de Diego tiene mayor importancia por haber ocurrido en un Mundial, el de Messi reproduce el exceso instante a instante, sin adelgazarlo en lo más mínimo, cumpliendo con los requisitos del copista y del aparecido.

Como sugiere Jorge Valdano, lo asombroso no sólo fue la ávida reiteración de Messi, sino que el destino le propusiera idénticos obstáculos. Veintiún años después los defensas fracasaron en los mismos lugares de la cancha con pulcritud de seres hipnotizados en favor de una buena causa. Nadie frenó el portento de una artera zancadilla.

Lo extraordinario despierta suspicacias en un mundo imperfecto y no faltan quienes opinan que los goles de Maradona y Messi podrían haber sido evitados con el sencillo recurso de la fuerza bruta. Pero este argumento cojea como si lo hubieran pateado. La veloz carrera con el balón junto al pie, practicando quiebres de escapista, sólo se hubiera impedido con un desfiguro mayúsculo, un lance de lucha libre digno de rubor que se hubiera materializado en tarjeta roja.

Ante las gambetas en serie de Messi, los locutores dijeron: «Maradona». La imposible imitación había ocurrido.

La única diferencia significativa entre los dos goles es que Diego anotó de zurda y Lionel de derecha. El asombro de la jugada proviene de su condición de espejo. Durante once segundos, guiado por el impulso anotador, Leo no podía saber que imitaba el complicado tanto de Diego; actuaba con la espontaneidad de un doble: el otro era el mismo. Al disparar, anotó dos veces, en la cancha del Barcelona y en el recuerdo de los hinchas deslumbrados por el gol de Maradona.

1986, 2007. Ésas son las fechas. Lo raro, lo fascinante, es que ninguno de los dos goles desmerece en la comparación. El primero se refuerza como profecía del que vendría, el segundo como cita clásica.

En el mundo de la acción no existe el plagio ni el derecho de autor. El gol de Messi sólo puede ser virtuoso. Convirtió al fútbol en la incalculable actividad donde lo único ocurre dos veces.


[...]

miércoles, 2 de marzo de 2016

La puta diabla de Fito Páez


¿Cómo debe estar escrita una buena historia? No tengo idea. Sé, por ejemplo, que hay libros que me han gustado mucho, y otros que no. Algunos, de los que tengo la sensación de apenas haber pasado a saludar. Pero cómo debe estar escrita una historia para que sea buena no tengo idea.

Los escritores suelen meterse por caminos sinuosos siempre que tratan de explicar la fórmula de una buena historia. Siempre dando consejos de por ahí sí, por allá no, leé esto y sobre todo esto no. Y nunca se respira, nunca en realidad se detiene uno a verse al espejo y empezar por allí. Porque nuestra vida no nos parece lo suficientemente interesante para escribir sobre ella. Entonces no lo hacemos, entonces inventamos personajes y les inventamos vidas y les inventamos amigos y les inventamos lecturas. Leen libros que nosotros leemos. Porque no se puede escribir de otra cosa.

Y esas lecturas, al fin y al cabo, somos nosotros. No conozco Buenos Aires, jamás en mi vida he ido. Pero últimamente me pareció estar allí. Acabo de leer La puta diabla de Fito Páez. Libro difícil, imposible, de conseguir en Honduras pero que gracias al amigo de un amigo (Ezequiel) lo he conseguido, y sí, está allí no sólo para adornar mi librera, sino para ser leído. Un libro lleno de bondad para el lector posmoderno. No estoy diciendo que es una lectura fácil, no me mal interpreten, lo que quiero decir es que es un libro que se deja amar. Y te da amor. Es una sensación extraña. Pero sólo lo puedo explicar así: Durante un tiempo me parecía que alguien me perseguía, que alguien estaba espiándome, que se escondía detrás de los estantes en el súper mercado, que se sentaba dos butacas atrás de Jessica y de mí en el cine. Un día lo vi, gordo, de barba larga y sucia, la panza le salía por la camisa y un pantalón marcado a precisión por algún buen sastre, el  pelo alborotado, era Félix. Sí, era Félix Ure.

No, no estoy quedando loco, esa posibilidad ya la descarté. Acaso no es para eso esta bitácora incipiente sino para contarles de mis ficciones, con la incertidumbre de ustedes y la posibilidad de que éste también sea el último post.

Para contarles en concreto, la narrativa de Páez es cinematográfica. Cada palabra escrita es un cuadro por segundo. La puta diabla es una película que se lee de página a página. Con ritmo, posee una cadencia como de baile de salón, de esos en los que te balanceás de un lado a otro. Sí, de un lado a otro y de página en página. Una historia que no se cae nunca. Con la vertiginosidad de la ciudad. Como la vertiginosidad de la ciudad. Tegucigalpa o Buenos Aires, salvo las abismales diferencia culturales, son lo mismo, dragones que duermen y ante la mínima sugerencia de la más leve tentación te comerán.

El punto en todo esto es que La puta diabla está muy bien escrita. No deja deudas. Es un libro que te mantiene al hilo conforme se avanza en la lectura. Ahora tengo ganas de comprar una máquina de escribir, esto no tiene nada que ver con la novela, sólo me han dado deseos de tener una y escribir en ella de vez en cuando.