jueves, 10 de febrero de 2011

Paseo diurno


Por: Martín Cálix

La levedad de éste día me causó asombro. Pero no tanto como para correr detrás de los niños en el parque sino un asombro asolapado.

“Correr” –pensé– “que ingenuos estos niños, ¿acaso no saben en qué país viven?” –Me inquirí en silencio–. Pero tenían razón de ir corriendo, los conos de aquel vendedor en el parque se acababan y el calor no dejaba mayores opciones.

Algunos tropezaban entre ellos, dando espacio a los más lentos como yo, para poder llegar primero y declarar míos todos los conos del pueblo. Entonces una duda me asalto: ¿Cuántos conos come un hombre para poder ser feliz? Un olor a mierda invadió el parque, era yo, mi egoísmo putrefacto era el último grito de la moda para poder convencer a esos niños de mi lastima.